Basta morir como una lámpara desde la madrugada, como el rescoldo de una brisa tersa; para morir, para suministrarnos la mano venidera del olvido; basta decirle no al día de mañana, basta ensayar los labios en un rumor de cera, basta beber un vaso de agua donde yazga el recuerdo de un ahogado.
Deja que la mano sea como un guante que usa el corazón para tocar el brazo o el alba de una novia entristecida. Deja que la mano sea como un campo donde el aire trasciende como humedad de pelo. El otoño se despierta en mi pecho y se sacude las plumas como pájaro caído fuera de la redondez de su canto. El otoño se desbanda por mi pecho como un viento veteado de árboles.
¿Quién me pone en los labios un color de palabras donde se siente el peso de la noche?
A veces hay algo en las palabras que se dicen, en aquellas que llevan del labio ansiosa vida, aquellas que sollozan el paisaje y respiran la cal de otra garganta; que es como ponerse de codos a pensar sobre el pretil de una tristeza antigua.
Hay playas donde la mar resuena como carne, como el golpe de un cuerpo que de pronto ha llorado. Hay lagunas y juncos, estuarios donde amarran los peces su oceanía desmedida, y hay ríos donde la tierra llega al mar insepulta en sus sueños imposibles.
Sufro. Sufro de esa moneda que redondea a la mano inútilmente. Sufro como un sentir pequeña espina en la mirada fija de las lágrimas. Sufro la cañamiel de una canción muy tonta. Sufro el esparcimiento de una muerte insepulta. Sufro la profundidad de los ríos donde la noche tienta a los ahogados.
Paso los ojos por la luz poco oída de una estrella. Paso los labios por las palabras de un día, donde el silencio crece como yedra.
Para morir, para cesar los labios para olvidar de pronto la forma de la tierra y salir para siempre de la asunción del mar; no es necesario el traje de los condenados ni la ceniza de los aturdidos. No es necesaria la cama de los enfermos ni el campo de batalla ya después, en silencio.
Basta un anuncio de hojas de afeitar, basta la prosperidad de un gerente, basta un tranvía equivocado.
Es arrojada la noche a la costa de nuestro pecho por un oleaje de luces. Hay un poco de acero turbado en una mano. Hay un niño sin ojos moviéndose en los ojos
Entonces ¿cómo tomar la luna? ¿Con qué mano o qué lágrima tocar la luz donde los labios ceden a la noche?
La respiración suena como pisar hojas secas. El bosque es tan profundo que las manos no se encuentran. Puedo silbar para espantar mi miendo, para que me oigas yacer en un claro del bosque cuando en realidad sólo hay claro en tus ojos.
Palabras y miradas transbordando ataúdes. De ataúdes de niños a negros ataúdes con barbas de abuelo.
A veces la noche crece como la barba de un dios desconocido.
Cerrar los labios es quedarse a solas. Puedes mover el frío entre tus dientes. Puedes ver en un cuello la pasión de la tarde. La mano puede confiarse al frío sin darse cuenta.
todos hablan de mi vida algunos, de mis amores, nadie de mis sinsabores ni de mi pena escondida. si yo a nadie recrimino y todo en todos tolero, ¿porquè el mundo, en mi destino pretende ser justiciero?
pita amor.
Yo soy mi propia casa
I
Casa redonda tenía de redonda soledad: el aire que la invadía era redonda armonía de irrespirable ansiedad.
Las mañanas eran noches, las noches desvanecidas, las penas muy bien logradas, las dichas muy mal vividas.
Y de ese ambiente redondo, redondo por negativo, mi corazón salió herido y mi conciencia turbada. Un recuerdo mantenido: redonda, redonda nada. pita amor.